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	<title>Deep in the Sundarbans se funden los idiomas</title>
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		<title>Deep in the Sundarbans se funden los idiomas</title>
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		<title>una historia</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Nov 2007 05:22:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sundarban</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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&#160;
SOÑAR CON ÉL


   Hablar sobre el diablo es pesado.
   No sé si lo han notado, pero uno puede darse cuenta de que se ha alcanzado cierto nivel de confianza cuando el interlocutor suelta de repente “¿Alguna vez has soñado con, tú sabes, El Bajísimo?”
   La última vez que me [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=sundarban.wordpress.com&blog=2057391&post=4&subd=sundarban&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><a href="http://sundarban.files.wordpress.com/2007/11/ishmail-copia.jpg" title="Ishmail Sundarban"><img src="http://sundarban.files.wordpress.com/2007/11/ishmail-copia.jpg" alt="Ishmail Sundarban" /></a></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center">&nbsp;</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><strong><u><span>SOÑAR CON ÉL</span></u></strong><span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span><br />
</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Hablar sobre el diablo es pesado.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>No sé si lo han notado, pero uno puede darse cuenta de que se ha alcanzado cierto nivel de confianza cuando el interlocutor suelta de repente “¿Alguna vez has soñado con, tú sabes, El Bajísimo?”</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><em><span><span>   </span>La última vez que me sucedió fue algo definitivamente extraño .Yo tenía alrededor de trece años y él era sólo un niño de siete años, seis quizás. Se sentó junto a mí y puso su mano en mi pierna, hablamos y mientras lo hacíamos su discurso estaba lleno de obscenidades. Hacía guiños y hacía silbar su lengua como hacen los niños para molestar a los mayores. Yo me sentía muy incómoda y sabía que era él, su vibra era pura maldad. Desperté y encendí un cigarrillo y sentí unas ganas incontrolables de llorar. No podría explicar por qué pero necesitaba llorar y ya. Sencillamente no sabía quién había perdido la inocencia aquella noche, él o yo.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Una vez encontré un tipo haciendo autostop. Medía casi un metro setenta y tendría unos veintiséis años de edad. Podía discernirse que había batallado con el acné durante su adolescencia y aún estaba bajo su yugo, aunque había disminuido. Tenía una maleta deshecha y en ella se podían ver camisas arrugadas y discos compactos rayados; alegaba estar en el negocio de la creatividad y hablaba nerviosamente sobre las últimas tendencias del norte mientras jugaba con su cabello grasoso. Tenía una voz profunda y un léxico impresionante; era una de esas personas que puede utilizar la palabra batiburrillo en una oración y realmente saber qué significa. Era agradable escucharlo hablar pero fue notable que su mente trastabilló y se encontró en un corredor oscuro que evitaba a conciencia cuando le pregunté “¿Alguna vez has soñado con, tú sabes, El Bajísimo?” Despegué mis ojos del camino un momento para subrayar mi intención y él respiró profundo. Sus uñas, él las había estado mordisqueando recientemente.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><em><span><span>   </span>Nunca sabes qué va a pasar cuando cierras tus ojos y posas tu cabeza en la almohada. Esta incertidumbre me mantuvo despierto un par de meses durante los cuales bebí grandes dosis de café cargado. Disfrutaba la mezcla vigorosa del grano molido y me paraba frente a la ventana a ver cómo caían todas las gotas de la lluvia y me preguntaba cuando se convertirían en sangre frente a mis agotados ojos. También observaba las noches aburridas con sus peatones escandalosos recorriendo los andenes medio borrachos y medio idiotas dirigiéndose a un sueño que no merecían. A veces pasaban carros, la mayoría eran taxis y la mayoría de ellos vacíos. Decimos que un taxi está libre cuando deambula por ahí vacío y sin rumbo y esto me hizo pensar en miles de católicos asistiendo a la misa en una iglesia enorme, pero no entraban a ella. Estrujé a cuanto feligrés encontré en mi camino hasta alcanzar las puertas donde había una reunión de quienes parecían altos dignatarios de la Iglesia quienes se hallaban perplejos ante las puertas enormes que estaban cerradas. “No podemos entrar. Nadie puede entrar. Aquí está encerrado el Demonio. Al fin, está atrapado.” M reacción fue pensar que el mundo entero había enloquecido: el Demonio entre nosotros. Basura, respondí, y empujé las señoriales puertas para abrirlas y ellos las halaron para cerrarlas una vez había entrado. El silencio era ominoso, largo y vacío. El miedo era inevitable y los escalofríos que retorcían mis huesos también. No había nadie allí adentro, al menos que yo pudiera ver. A mi izquierda se erguía una reja de barrotes toscos y tras ella había cantidades inconmensurables de oro. Afuera se escuchaba una llovizna leve, adentro yo me acerqué y llené mis bolsillos con todas las riquezas que pude y escapé por una puerta lateral como un niño que ha hurtado una golosina. Allí no había creyentes patrullando el templo. Cerré mis ojos en la llovizna y por un instante disfruté el sueño más calmo con mi rostro apuntando a los cielos hasta que una gota espesa cayó en mi mejilla y desperté de mi ensoñación para encontrar un diluvio de sangre cayéndonos encima a todos los pecadores.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Lo dejé en la siguiente estación de servicio y santifiqué su partida envolviéndolo en una nube de polvo. Nunca se sabe qué va a pasar cunado una persona abre su boca y toma suficiente aire para bombearle a la primera parte de su discurso. Es una cosa de miedo. Generalmente, los hombres prologan terriblemente cualquier asunto que quieran tratar. Carecen de estilo al dirigirse a una persona y son terriblemente torpes e incorrectos cuando se enfrentan con audiencias más grandes. Por otra parte, las mujeres se comportan de forma agraciada en tanto no confíen en quien las enfrenta en conversación. La objetividad en el género femenino deriva del miedo: la mejor defensa es un buen ataque, dicen por ahí. Una bocanada sensual de un cigarrillo delgado es un paso al frente en las filas de la guerra del amor, una mirada provocativa llega con una oración oculta y, para muchas, la belleza no es una bendición sino una carga.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Me topé con cierta dama recostada contra el mostrador en un bar y deduje que se encontraba sola y se sentía sola. Me le acerqué sin frases ridículas. Simplemente esgrimí un Cosmopolitan (el trago, no la revista) y mí mejor mirada de hombre agotado protegida por mis cejas; el mensaje implícito era que yo no representaba una amenaza y que estaba tan aburrido y cansado como ella. Durante los primeros cinco minutos no hablamos, sólo bebimos nuestras raciones de veneno. Ella sacó un cigarrillo muy respetable de su cartera y yo le ofrecí fuego con uno de esos encendedores plateados con los que la gente juega incontrolablemente cuando esperan que su jefe los llame a su oficina para despedirlos. Puso lo que quedaba del trago en el mostrador y sonrió mientras se perdía tras la puerta del baño. Algo me decía que ella no se iba a arrojar por el ventanuco sobre el inodoro así que me quedé allí parado.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>A mí lado había un tipo sorbiendo agua de un vaso. Busqué un trago más fuerte cerca de él y por allí no había nada más que una servilleta en la que había estado garabateando. “¿Dónde está lo tuyo? Le pregunté entre interesado y ausente. “Se ha ido, lo mío se ha ido.” Yo había estado prestándole atención a una mesera de pechos formidables mientras ponía vasos de cerveza en una mesa vecina y recuerdo hacerle un guiño, pero después de la respuesta del tipo aquel me volví para verlo. Su nariz judía y cejas árabes apuntaban hacia abajo, sus labios estaban en un constante puchero que los hacía irresistibles y su pelo desordenado prometía pronta calvicie. Sus manos eran gruesas y sus brazos fuertes. Iba vestido con ropa vieja pero limpia y su espalda encorvada indicaba una enfermedad de los riñones que no quisiera contraer. No me miraba, estaba oteando una tormenta que sólo él veía en su vaso de agua. “¿Alguna vez has soñado con, tú sabes, El Bajísimo?” Giró hacia mí con ojos cansados y suspiró, había un silbido en su respiración y facciones atractivas bajo toda aquella desgracia imaginaria.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><em><span><span>   </span>Últimamente he tenido pesadillas espantosas enmarcadas en tal grado de apariencia rutinaria que es imposible dudar su veracidad. La verdad es la escena de la tragedia. Por más que rastrille mis dientes mientras duermo, no logro reducir toda esta precisión. ¿Alguna vez te has detenido frente a una pintura y bebido su universo contenido con tal sed que sus pinceladas te acompañan el resto del día? Quizá no. Quizá soy demasiado sensible y propenso a estallar en llanto frente a un atardecer irrelevante, pero sí presto mucha atención cuando un óleo me atrae. Una tarde entré al museo con una carta de amor arrugada en mi mano. Había renunciado a escribirla ya que no había grandes pasiones sacudiéndome por la fémina en cuestión, de tal modo que había decidido ver un poco de arte para así inventar mentiras plausibles que poner en el papel. Había manchones de colores brillantes haciéndose pasar por arte moderno. No convencía ni inspiraba. Había esculturas de mujeres desnudas en posiciones poco ortodoxas, por supuesto, pero sólo me hacían pensar en sexo desenfrenado y esta carta tenía que hablar de profundos sentimientos o si no, no conseguiría el sexo desenfrenado. Al fin llegué a una acuarela donde hombre y mujer se hallaban de rodillas planeando su arrepentimiento frente a un enorme par de piernas sentadas. El resto del cuerpo se perdía de vista. Alguien arrastraba un demonio a la derecha del gigante. Me senté y miré la pintura hasta que mis retinas ardieron, luego aplanché el papel de mi epístola y escribí cinco páginas de ardoroso romance. Fui a casa y me acosté. Soñé que en mi mano tenía una revista arrugada en la que había escrito por todas partes como en esta servilleta que estabas mirando hace un rato. Vi palabras en inglés y otras en español. Alcé mi cabeza y vi que estaba en un zaguán griego de mármol donde surtidos personajes parecían atareados y en el centro Satanás gozaba su señorío. Él me miró y no sentí miedo, dijo algo sobre la calidad de mi traducción y pensé que el Diablo no debería hablar español, este idioma no tiene suficiente maldad en sus venas; algo de Europa del este sería más apropiado. Y así, leyendo mi mente, supongo, comenzó a hablar en rumano, y yo a entenderle. Hablaba suavemente mientras sus traductores tomaban notas febrilmente. “Dumnezeu ne urasti pe toti. Cine ne greseste cu cutremure?” (Dios nos odia a todos. ¿Quién nos veja con terremotos?) Y cuando dijo la palabra ‘cutremure’ miré mi revista y encontré la palabra ‘terremoto,’ de mi puño y letra.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><em><span><span>   </span>“Son tus palabras las que has estado traduciendo” dijo. Y desperté.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Lo dejé en paz porque, como había sospechado, ella no había saltado por la ventana del baño y salió más fresca y dando zancadas largas. Traduje este nuevo ataque de seguridad como una delación de su desesperación. Se acercó, tomó el resto del Cosmopolitan y lo bebió de un trago mirándome a través de la copa barata del bar. Puso el envase de su ebriedad pasajera en el mostrador y tomó su abrigo lentamente, esperando que yo reaccionara. Lo hice y me separé del mostrador, caminé con ella y salimos del bar. Hacía frío afuera y mientras le ayudaba a ponerse su abrigo susurré en su oído “¿Alguna vez has soñado con, tú sabes, El Bajísimo?”</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><em><span><span>   </span>Nunca.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><span><span>   </span>Sonreí y conduje hasta su apartamento. Esa noche ella gritó de diferentes formas y tuvo tantos orgasmos tan violentos, que tras cinco horas cayó exhausta y sudorosa entre las sábanas desordenadas. Se quedó dormida rápidamente. Yo me senté en el borde de la cama con tranquilidad, seguro que ella soñaría conmigo esa noche.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:right;" align="right"><em><span>Sueños de: Paula Santana, Vladimir Montes &amp; Federico AC.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:right;" align="right"><strong><em><span>FEDERICO AC.</span></em></strong></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:right;" align="right"><span>Traducción: 31.10.2k</span></p>
<p><a href="http://sundarban.files.wordpress.com/2007/11/ishmail-copia.jpg" title="Ishmail Sundarban"><br />
</a></p>
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		<title>Hello world!</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Nov 2007 04:52:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>sundarban</dc:creator>
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